Cómo hablar a un niño para que te escuche – Una anécdota
¿Sabías que en una ocasión pasé un mes y medio trabajando como Au-pair en Burdeos, Francia?
Anteriormente ya había intentado trabajar como Nanny para ricos en Londres, pero no conseguía que nadie me contratara.
Además, me esperaba un beca Erasmus+ en Burdeos, así que, con la excusa de practicar el francés antes de ingresar a la universidad, y un poco a la desesperada, terminé aceptando un puesto como Au pair de tres niños bordeleses.
Durante la entrevista por videollamada, la madre me advertió de que ninguna Au-pair duraba mucho debido a que sus hijos se portaban muy mal.
Más tarde descubriría que el origen más probable de la espantadiza de las Au pairs sería la propia madre, pero esa es una historia para otra ocasión.
Volvamos a la advertencia del mal comportamiento de sus hijos…
No recuerdo si también me dijo que chillaban mucho o lo descubrí la tarde en que me mudé a la casa de la familia, pero sí sé que, tras el aviso de la madre, estuve buscando vídeos en YouTube sobre cómo lidiar con distintos comportamientos inaceptables para mí.
En mi primera mañana como Au pair, la madre me ordenó que bajase a la cocina a preparar el desayuno de Jules, el más pequeño de los tres hermanos y que contaba seis añitos.
Todavía un poco perpleja por la forma en que había recibido la orden, antes siquiera de poder entrar en la cocina, un renacuajo rubio de ojos vivos salió corriendo de ella y, a golpe de chillidos, me instó que quería desayunar.
Ni corta ni perezosa, me agaché a la altura de sus ojos y, con el mejor francés que pude, le susurré: “Si me gritas, no te escucho”.
Para mi sorpresa, pasaron dos cosas.
La primera fue que Jules me sonrió. La segunda, que de inmediato me susurró de vuelta reclamando su desayuno.
Y así, en un segundo, cambió su patrón de comunicación conmigo.
Porque podrías pensarías que el niño gritaba por elección.
Hubiese sido fácil asumir, en mi primer día cómo Au pair, que aquel niño era un consentido, un maleducado y haberle cogido manía a los tres días.
Mas no era sí.
A los pocos minutos de empezar a prepararle el desayuno a Jules, empezaron a oirse más gritos, cada vez más cerca. Y así, en un momento, entró la madre, seguida de sus dos hijos mayores, gritándose los unos a los otros en vez de hablar en un tono de voz normal.
Sí, la madre tambien gritaba.
Y, ¡ojo!
Soy española.
En España nos comunicamos a viva voz, ¡con alegría!
Pero aquello era otra cosa.
Era una forma de comunicarse que hacía que, nada más que de estar en la misma habitación, se te llenase el cuerpo de tensión.Yo crecí en un ambiente similar, en el seno de una familia en la que faltaba mucha comunicación de la buena, y en donde todos nos gritábamos, pegábamos y tirábamos los trastos a la cabeza los unos a los otros. Aunque el nivel de decibelios medio fuese más bajo que el de la familia francesa, cuando nos hablábamos mis hermanos y yo, el nivel de tensión era el mismo, si no mayor.
En fin, que no era aquel un ambiente de convivencia que quisiese repetir, creedme.
Pero supongo que como la vida te pone pruebas, sin quererlo ni beberlo, me encontré metida en una dinámica familiar similar.
¡Y qué agradecida estoy!
Fue mi primera lección sobre cómo los niños imitan todo lo que hacemos y cómo de sencillo es moldearles si sabes cómo.
Por cierto, ¿qué crees que hizo Jules cuando llegó su madre a la cocina?
Quizás digas: “si acaba de tener su recompensa por susurrarle a su nueva Au pair, seguirá haciéndolo con los demás pensando que obtendrá una respuesta igual de positiva”.
Error.
Jules volvió de inmediato al patrón de comunicación aprehendido de su familia y luchó con sus hermanos por la atención de su madre chillando más alto que ellos.
Sin embargo, cuando volvió a dirigirse a mí, para sorpresa de su madre, lo hizo de nuevo en voz muy bajita.
En aquella casa duré seis semanas en las que viví mil y una experiencias que me acompañarán toda la vida.
Pero volvamos al 2023.
Recientemente, en mi canal de YouTube, una suscriptora me pidió que contase cómo comunicarse con los niños para que te hagan caso.
Para mí, después de llevar años leyendo libros sobre desarrollo personal y aprendiendo a modelar mi comportamiento, comunicarme con los bebés y niños de los que cuido ha llegado a ser bastante intuitivo.
Pero ponerlo en palabras, y más delante de una cámara, es otra historia.
En cualquier caso, como me encanta aprender e investigarlo todo, decidí informarme bien para poder ayudaros mejor.
Aquí debajo tienes un breve esquema de mi conclusión.

Y, por si no te ha quedado claro, te lo explico a continuación.
Cómo comunicarse con los niños para que escuchen
Después de mi breve historia con Jules y su familia ya has visto que eres tú como adulto quien marca y guía la calidad de la comunicación con los niños a tu acargo.
Y, ¿por qué?
Porque eres tú quien da ejemplo de cómo se hacen las cosas, tanto bueno como malo.
Jules y sus hermanos habían aprendido de su madre a hablarse gritando. Probablemente llevaban años haciéndolo y, sin embargo, con tan solo una frase, una extraña logró que Jules empezase a hablar a susurros.
No te quepa duda de que el niño, en mayor o menor medida y según su estilo de comunicación innato, del que hablaremos en breve, adoptará las formas de aquellos adultos con quienes se relacione en su día a día.
Como madre, o padre, estás incluido. Como niñera, también.
Es decir que, a grandes rasgos, el niño imitará tu comportamiento para relacionarse no solo contigo, sino tambien con los demás miembros de su hogar.
Además, también es importante que tengas en cuenta que la no comunicación es otra forma de comunicarse, solo que no es necesariamente buena.
Entonces…
¿Qué es una Buena Comunicación?
Una buena comunicación se da con mayor facilidad entre un adulto ‘responsable’ y un niño que llamaremos ‘espejo’.
El adulto ‘responsable’ es aquel que, por ser necesario en la mayoría de casos, ha hecho un trabajo de desarrollo personal, desaprendiendo para reaprender, y deshaciéndose así del comportamiento aprehendido de los adultos con los que convivió durante su infancia.
Así, gana la capacidad de corregir sus automatismos, siendo más capaz de permanecer paciente, y hasta impasible, en situaciones de estrés y, por tanto, las maneja con mayor habilidad.
Por supuesto, si tus padres fueron modelo excepcional de comportamiento durante tu niñez, la buena comunicación probablemente sea inherente a ti.
Para el 99,9% restante, continúo.
El niño ‘espejo’ lo es porque inconsciente e irremediablemente irá guardando en la esponja que es su cerebro toda la información del comportamiento del adulto y modelándola, no solo en el momento presente, sino también a lo largo de su vida.
También es importante tener en cuenta que la buena comunicación es bidireccional: escuchar es tan importante o más que hablar por hablar.
Y aquí radica el gran error que muchos cometemos. Es más, seguro que has escuchado más de una vez que tenemos dos oídos y tan solo una boca por algo.

Además, lo que el niño no te dice también es importante, pero te lo explico más adelante.
El otro reto es conseguir que el niño escuche lo que le quieres decir.
Pero también lo veremos enseguida.
Comunicación sana vs comunicación tóxica
De momento, ten en cuenta que, si eres capaz de conseguir una buena comunicación, te será más fácil forjar una relación sana con el niño que se asiente sobre una base sólida y saludable a través de la cual podrás insuflarle confianza y autoestima, hasta cierto punto.
Cómo ya he mencionado antes, si aspiras a ser un adulto ‘responsable’, consciente del poder mágico que puedes tener sobre el niño, sin duda te beneficiarás de trabajar las heridas de tu ‘niño interior’ mediante el desarrollo personal.
¿Es necesario en todos los casos?
Yo creo que no necesariamente. Si eres una persona noble y amorosa quizás te salga natural, pero sin duda ayuda mucho.
Sin embargo, si como adulto te dejas llevar por tus demonios internos a la hora de tratar con el niño, será mucho más fácil que se de una relación tóxica, queriendo decir por ‘tóxica’ aquella en la que los patrones de conducta tienden al maltrato físico, verbal y/o psicológico.
Por supuesto nada es blanco o negro, siempre hay una escala de grises.
Si, como yo, estás en un punto intermedio y convertirte en un adulto ‘responsable’ es algo en lo que quieres trabajar, te animo fervientemente a que sigas leyendo.
Según mi experiencia personal, incluso aunque te hayas comprometido contigo misma, en teoría, a no repetir formas de comportamiento de tus cuidadores, aún tendrás que pasar el examen en la práctica.
Más aún, si te encuentres cansada y surge una situación de tensión con los niños.
Si tu forma de pedir que te escuchen es a gritos, plantéate cómo prefieres que te hablen a ti.
¿Respondes mejor cuando te gritan y te dan órdenes con amenazas y hasta insultos, o eres de las que prefiere que le hablen en un tono voz normal y te pidan las cosas que educación?
Sí, soy consciente de cómo los niños presionan nuestros límites, pero su trabajo cómo niños es precisamente ese, averiguar dónde están tanto sus propios límites como los de la sociedad de la que forman parte.
Sobretodo si quieres educar a niños con pensamiento crítico y que cuestionen el mundo que les rodea.
¿O preferirías que el niño fuese un pusilánime?
Así que, si eres capaz de controlar tus emociones en los momentos de estrés y de contar hasta diez cuando los niños te reten, tendrás mucho ganado.
Si además consigues el respeto y la admiración del niño, y si además eres capaz de regular su comportamiento con cariño, un lenguaje positivo y otro poco más de disciplina, no solo le estarás dando el mayor de los regalos, si no que vuestro día a día será uno mucho más armonioso.
5 Factores de una Buena Comunicación entre el niño y el adulto
¿Y qué factores te van a ayudar a entender al niño y, por tanto, a conseguir tener una buena comunicación?
Los siguientes:
1. La etapa del desarrollo infantil
Ten en cuenta, no solo la edad del niño a tu cargo, sino también la etapa de su desarrollo a nivel cognitivo, físico, afectivo y social, así como de desarrollo del lenguaje y motor.
Principalmente porque aún desconozco muchas ideas sobre el tema, me es imposible explicarte en esta carta todo lo que uno debería conocer sobre la comunicación con niños de diferentes edades. Por tanto, pasaré a decirte que, teniendo este factor en cuenta, adaptes la comunicación al niño de manera individual.
¿Qué más podríamos considerar teniendo en cuenta la edad del niño a tu cargo?
La brecha generacional.
¿Cuántos años te llevas con el niño del que cuidas? ¿Estás al día de cuáles son los dibujos animados que están de moda, el último grito en juguetes, etc? ¿Conoces las dificultades sociales a las que se enfrentan los niños de su edad hoy en día? ¿Te has parado siquiera a escuchar sus intereses?
Acuérdate de que tienes dos orejas y presta atención a todo lo que el niño te quiera contar en el día a día.
Renueva y recicla tus ideas para acercarte a la edad del niño al que cuidas.
2. La personalidad del niño
El segundo factor que te recomiendo tener en cuenta a la hora de intentar comunicarte con los niños de los que cuides es su personalidad.
No puedes pretender comunicarte con todos los niños de la misma manera y querer obtener el mismo resultado con todos ellos.
¿Cuáles son los tipos de personalidad que puede tener un niño?
Extrovertido, introvertido, sensible, pragmático o lógico, desafiante y curioso. Hablaré de ellos con más detalle en otra ocasión, pero creo que se entiende lo que implica cada tipo.
Si bien es cuestionable pretender categorizar todo el espectro de personalidades en seis tipos, tener una idea general de por dónde pueden ir los tiros te ayudará a entender mejor al niño y, por tanto, a hablar con él de una forma que aumente las posibilidades de que te escuche.
Y, como ya he dicho, esa es la otra clave.
Idealmente, para que el niño te escuche e integre lo que le estás intentando decir, deberás ser consciente de la forma en la que recibe mejor la información, teniendo en cuenta en cuenta su personalidad.
Además deberás ser consciente de tu propia personalidad.
El reto consiste en que ambas personalidades bailen al unísono, guiadas por el adulto como el baile en pareja lo guía el hombre (ya te veo levantando una ceja). Cuando el hombre es habilidoso y la mujer (el niño) aprende a confiar y se deja llevar, el resultado es bonito y armonioso.
Cuando la mujer no confía en su pareja, es decir, el niño no nos respeta, el baile se vuelve torpe y ambas partes se impacientan porque la música pare cuanto antes.
Te cuento un ejemplo real.
En una ocasión cuidé de dos mellizos de cuatro años.
Nada que ver el uno con el otro.
Rory era un niño introvertido y sensible que respondía bien cuando le hablaba con cariño y mediante bromas. Su hermano Hugo, sin embargo, era pragmático y curioso así que necesitaba entender porqué tenía que hacer algo antes siquiera de plantearse hacerme caso.
Como te imaginarás, teniendo yo una personalidad similar a la de Rory, un niño como Hugo era todo un reto. No solo porque se me hacía cansado tener que explicarle cualquier decisión del día a día, sino porque me recordaba mucho a mi hermana.
Mi querida hermana a la que, a día de hoy adoro y doy gracias por tener, pero de la que tuve los mayores celos del mundo cuando éramos pequeñas.
Toda una prueba de la vida: cuidar de Hugo sin proyectar mis demonios internos en él y aprender a entender mejor a Nuria y a saber quererla mejor.
Gracias, Vida.
En cualquier caso, si tu intuición te resulta herramienta suficiente para comprender las necesidades del niño del que cuides, te recomiendo que desestimes el intentar catalogar al niño bajo un tipo de personalidad.
Céntrarte en conozco y en ayudarle a desarrollar su personalidad y sus intereses, sean cuales sean.
3. Estilos de comunicación
Al igual que tienes una personalidad marcada, también posees cierto estilo de comunicación.
Y, al igual que cuando naciste traías ya tu personalidad, las experiencias que has vivido desde entonces te han marcado el carácter y modelado el comportamiento.
Los niños, obviamente, están en una fase más temprana de este proceso y, aunque traen un estilo de comunicación innato, de serie, también van a imitar tu propio estilo.
Lo interesante de esto es que podríamos decir que los innatos son distintos de los adquiridos.

A. Estilos innatos
Según un tal Hanen, hay cuatro estilos innatos: sociable, reacio, pasivo e independiente o ‘a su bola’. Y cada estilo va a depender de dos factores:
1. Su habilidad para iniciar interacciones con los demás.
2. Su habilidad para responder cuando los demás se acercan a interactuar con él.
El niño con un estilo sociable viene a tener una personalidad extrovertida de libro.
Si alguna vez cuidas de un niño con este estilo innato, verás que es perfectamente capaz de entablar conversación hasta con los piojos del niño de enfrente sin esperar a que nadie le hable.
Es el rey del parque y no necesita ayuda para comunicarse con todos los demás niños.
Si cuidas de un niño con un estilo reacio, del inglés ‘reluctant’, aunque la palabra suene un poco más ‘pereza’, verás que, aunque no tiene problema para contestar y empezar a jugar cuando otro niño le habla e interactua con él, sí que le cuesta más llevar la batuta y comenzar él a interactuar con otros niños. O directamente no es capaz.
Digamos que necesita tiempo para coger confianza, así que en estos casos te recomiendo estar pendiente en caso de que el niño haga intentos de iniciar comunicación pero no llegue a hacerlo.
Si le observas e intuyes que quiere contarte algo, podrás ayudarle a que comience esa interacción.
Por otro lado, aunque es menos común, podrías encontrarte con un niño que tenga un estilo pasivo.
Rara vez un niño con ese estilo de comunicación va a a interactuar, ni para comenzar la conversación ni para responder a un estímulo. Además, aparentemente no estará interesado ni en las personas ni en los juguetes.
Parece ser que, muchas veces, esto se da porque el niño tiene un retraso en el aprendizaje, ha estado enfermo o toma medicación.
Por último, si estás ante un caso de niño que, estando en un parque lleno de iguales y aún habiendo recibido invitación a jugar con el resto, prefiere estar solo buscando caracoles y disfrutando de ver cómo dejan su rastro de baba, quizás estés ante un niño ‘own agenda’ o ‘a su bola’.
Además, estos niños se caracterizan también por comunicarse únicamente cuando necesitan algo de ti así que no sufras porque no jueguen con los demás niños: ellos son felices en su propio mundo.
B. Estilos adquiridos
Los estilos adquiridos son aquellas formas de comunicación que el niño copia de ti al observar tu comportamiento y tu forma de interactuar, tanto con él mismo como con otros adultos.
Si tienes un estilo asertivo, normalmente serás una persona que habla de forma directa y honesta, sin ser agresiva ni irrespetuosa.
Las personas con este estilo son capaces de permanecer sosegadas durante una conversación, mostrándose respetuosas con los demás, al tiempo que afirman una opinión o creencia personal.
Digamos que este es el estilo más sano e idóneo para todos, niños y adultos.
Lo bueno es que la asertividad se puede enseñar y aprender. Si el niño ve que tú actúas con asertividad, te modelará y se volverá más asertivo.
¿Y qué hay del estilo pasivo?
Las personas que se comunican mediante este estilo tienden a evitar conflictos, por lo que suelen permanecer más calladas en conversaciones de grupo. Además, pueden tener dificultades para expresar sus emociones y tienden a huir de las confrontaciones.
Ello no significa que permanezcan impasibles ante las opiniones de los demás, simplemente tienen dificultades para expresar de manera asertiva sus deseos o necesidades.
Si este es tu estilo de comunicación, es posible que tengas una baja confianza en tí misma y la imagen que proyectas a los demás.
En cuanto al estilo agresivo, se caracteriza por la intimidación, el menosprecio y las amenazas a otros. Este estilo de comunicación es generalmente irrespetuoso y es más probable que genere conflictos que la comunicación asertiva o pasiva.
Si tiendes a comunicarte de forma agresiva, es probable que haya afectado de forma negativa a tus conexiones sociales, conduciendo a amistades de menor calidad, lo que a su vez provoca aislamiento y pérdida de respeto por parte del grupo.
Pero, ¿y que hay de los niños?
Básicamente, sea cual sea el estilo de comunicación en el que te reconozcas, te guste o no, el niño lo modelará.
La buena noticia es que, como ya he dicho antes, todos podemos aprender a ser más asertivos.
Y, ¿cómo enseñar asertividad a los niños si tú no eres una persona asertiva?
Pues habría dos etapas.
- Enseñarles a expresar sus necesidades y a hablar por sí mismos.
- Enseñarle cómo hacerlo con respeto.
También podrías modelarla tú para que el niño a su vez la copie de ti.
¿Y por qué es importante que tengas los distintos estilos en cuenta?
Porque el estilo de comunicación, aunque no te des cuenta, afecta directamente a tu capacidad de interactuación con el niño.
No es lo mismo cuidar de un niño sociable y asertivo que llama tu atención de forma constante haciéndote saber claramente lo que necesita, que de un niño que juega en solitario y que sólo se comunica para decirte que tiene hambre.
4. Aprendizaje por imitación (niño ‘espejo’)
Si has llegado hasta aquí, como ya has ido leyendo, los niños aprenden a comportarse de una u otra forma por imitación.
Sea lo que sea que tú hagas, así como cómo, cuándo, dónde y por qué lo hagas, está enseñando al niño a comportarse de igual manera.
No es sorpresa entonces que cuanto mejor seas capaz de conquistar tu propio carácter y comportamiento, mayor será la capacidad del niño de hacer lo mismo.
Es más, si observas conductas inapropiadas en el niño, más allá de regañarle para que lo corrija, que también, deberás hacer un trabajo de reflexión y pensar qué puedes estar haciendo tú mal para que el niño crea que comportarse así está bien.
Y con esto pasamos al último factor que considero importante a la hora de saber hablar con un niño para que escuche y saber escuchar para entenderle: tu capacidad de observación como adulto que guía.
5. La capacidad de observacion del adulto
Tal y como ya hable en mi vídeo de YouTube sobre el método Montessori, para poder tratar y educar a un niño de forma individualizada, debes aprender a observarle sin entrometerte en lo que esté haciendo.
Si observas al niño teniendo en cuenta la etapa del desarrollo infantil por la que esté pasando, su personalidad y su estilo de comunicación, te será mucho más sencillo aprender a hablarle para que te escuche, evitando así luchas de poder por hablar ‘distintos idiomas’.
Lógicamente, si está a punto de romper algo, a un paso de caer al vacío o jugando con un cable potencialmente peligroso, interven de inmediato.
A tu buen juicio queda decidir cuando hacerlo o no.
“Pero, Noelia ¿de verdad es necesario observar a un niño si no me necesita? Tengo que poner la lavadora, mirar el móvil o incluso tumbarme en el sofá a descansar.”, podrás pensar.
¡Ay! Aquellos días antes de que llegase mi Alonsillo a mi vida. ¡Cuanto tiempo tenía…!
¡Centrémonos, Noelia!
En mi opinión, que no deja de ser más que otra cualquiera, mediante la observación aprendes a saber cuándo es prioritario comunicarle algo al niño o cuando es mejor respetar su espacio y su concentración.
Si te interesa fomentar dicha habilidad en su vida y está leyendo un libro y quieres preguntarle algo que puede esperar, quizás sea más productivo a largo plazo posponerla hasta que salga de su concentración.
Tu pregunta puede esperar. Y si te preocupa que se te olvide, quizás sea buena idea apuntártela para más tarde.
Además, el niño modelará este comportamiento e irá aprendiendo a no interrumpir al adulto cuando está concentrado en alguna tarea.
No se trata tampoco de criar pequeños dioses, simplemente de reforzar aquellas capacidades que nos interesan. Y tu capacidad de observación puede ser muy útil, pero tienes que dedicar tiempo y paciencia.
7 Consejos para que te comuniques mejor con un niño
1. Habla al nivel de sus ojos
No tiene más truco que agacharse y hablar al nivel de sus ojos. Se trata de que no te vean como un gigante imponente, no hay más.
2. Conversar
Lo mismo, sin truco ninguno.
Saca ratos durante el día para conversar. Por ejemplo, de paseo al colegio o durante las comidas en la mesa.
Si dejas el móvil y les cuentas como ha ido tu día, habrá más posibilidades de que ellos te cuenten con más interés cómo ha ido el suyo.
3. Escucha activa
Este sí suena más profundo, aunque en realidad ya lo he venido contando.
La escucha activa es una estrategia de comunicación que consiste en la habilidad de escuchar con conciencia plena el mensaje del interlocutor, con el objetivo de entender lo que está diciendo, de manera enfocada y empática.
En otras palabras, que escuches comprendiendo lo que el niño te está contando.
¿Sinónimo de la escucha activa? Prestar atención, sin distracciones.
4. Lenguaje corporal
Cuando mi hijo de ocho meses se levanta del suelo agarrándose a mis piernas mientras hace sonidos con la garganta se está comunicando. Me está diciendo: “mamá, cógeme”.
Cuando le tengo en brazos y noto que inclina su cuerpo hacia algo que tenemos enfrente, si yo observo hacia qué objeto o persona está dirigiendo su cuerpo y su mirada, entiendo qué es lo que quiere.
Si mi hijo de ocho meses que ni habla ni escribe es capaz de comunicarse conmigo, tú eres capaz de entender al niño del que cuidas, si prestas la suficiente atención.

Me he tomado una pausa para ir a dar un paseo y he estado pensando que tú también puedes comunicarte con la mirada.
Cuando te cruzas con alguien, dependiendo de cómo mires tú a esa persona estás mandando una señal de sentirte igual, superior o inferior a ella.
Incluso con tu lenguaje corporal estás mostrando interés o desinterés por saludarla.
Con la mirada le estás hablando: “Me impones, no me saludes”.
O…: ”¡Qué alegría cruzarse con alguien hoy!”.
O, también…: ”Si yo lo que quería era pasear tranquilo, qué pereza hablar con este tío”.
Para el que sabe leerte, con la mirada le estás hablando.
De la misma manera, puedes aprender a ‘leer’ a un niño y entender, por ejemplo, que está teniendo un momento de introversión. Puedes leer entre líneas si le ha pasado algo en la guardería o si necesita un abrazo.
Entonces, gracias a esa comunicación no verbal, podrás decidir si es mejor preguntarle directamente o sonsacarle qué le ha pasado si consideras que le da vergüenza hablarte sobre ello.
Si no te lo quiere contar lo deberás respetar porque si intentas fozarle podrías perder su confianza, así que es mejor esperar a más tarde o hacerlo de otra manera. Sobretodo si es un adolescente.
5. Respeto
Hugo, el mellizo del que te hablé antes, no me respetaba. Me toleraba, si acaso.
La unica razón por la que me hacía caso era porque su madre así se lo había dicho.
¿Tenía razones para ello?
Sin ninguna duda, pero te lo cuento en otra ocasión.
Lo importante que debes saber es que no es agradable sentir que un niño no te respeta. Digamos que una se siente menos importante y hasta un punto insegura.
Por eso, te invito a que tengas en cuenta todos los factores de los que ya te he hablado con cada niño del que cuides.
6. Refuerzo positivo
Este es concepto muy en boga ahora mismo.
Viene a significar que, sobretodo si te ha costado conseguirlo, cuando el niño se comunique contigo, le premies de alguna manera.
Así, le refuerzas ese comportamiento con algo positivo.
7. Validar sentimientos
Otro concepto muy de moda estos días.
No sé hasta qué punto estoy de acuerdo con esta tendencia.
Creo que, según con el nivel que se haga, puede ser hasta contraproducente.
Pero no me hagas caso porque no tengo una opinión formada sobre ello.
Y nada más por hoy, XD
Espero que esta carta te sirva a la hora de comunicarte con los niños de los que cuides.
¡Nos vemos!
Un abrazo muy fuerte,
Noe.
P.D1. No te creas nada de lo que te acabo de contar. Investiga por tu cuenta y llega a tus propias conclusiones.
P.D2. Soy de Madrid, España, y allí somos leístas. Mis disculpas si se me cuelan faltas.
Pd3. Mi versión de Google Docs corrige automáticamente sustituyendo todos los ‘como’ que escribo por ‘cómo’. Creo que los he corregido todos pero, de nuevo, disculpas si se me ha colado alguno.
Pd4. Puedes leer la versión online aquí, pero ten en cuenta que es susceptible de evolucionar con el tiempo para mayor beneficio de futuros lectores.

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