31 de enero de 2024
Carta a mis Amigas
Querida Noelia.
Desde que mi peque ha empezado a ir a la guardería, todas las mañanas tengo que conducir durante casi una hora, así que aprovecho el rato para escuchar un libro que recomendó Iman Gadhzi, empresario y youtuber de unos veintipocos años, en un par de sus vídeos.
El libro en cuestión se llama ‘Reality Transurfing‘ y me está pareciendo fascinante.
Digamos que explica en profundidad, a lo largo de 5 tomos, cómo funciona la conocida ‘Ley de la Atracción’. Y ya te anuncio que es no es un libro fácil de leer, pero sin duda es uno con el poder de cambiarte la vida.
El caso es que ese ratito conduciendo es mi momento diario de paz.
Todas las mañanas, en vez de ir por la autopista, me desvío por la nacional para poder ir sin prisas, disfrutando del amanecer sobre los árboles desnudos que acogen la carretera y las nubes siempre cambiantes, con mi peque durmiendo en el asiento trasero.
En los días en que me siento descentrada o fuera de mi camino, a falta de practicar yoga o de poder meditar, concentrarme en descifrar las lecciones de Vadim Zeland, el autor del libro, me ayuda a volver a mi ser.
Pues bien, hace unas pocas mañanas, cuando salí del garaje, me encontré metida en una nube densa e infinita que no me dejaba ver más allá de unos 10 o 15 metros. Y, con los nervios de haber salido un poco más tarde de lo normal y de pensar en que la niebla no me iba a dejar ganar ese par de minutos de retraso, mi mente se nubló.
Y en esa doble niebla interior y exterior, borracha de adrenalina y confiada por conocerme la carretera al dedillo, no se me ocurrió otra cosa que realizar un doble adelantamiento, con camión incluido.
Se me revuelven las tripas solo de recordarlo.
Habiendo sobrepasado ya al primer coche, empecé a ver frente a mi, perdidas en el fondo de la niebla, un par de luces ínfimas. Confiada, me dije a mí misma que eran las luces de la rotonda, a unos 500 metros por delante.
Y con toda lógica, según avanzaba yo en mi adelantamiento, las luces iban agrandándose.
Cuando me faltaba un tercio de camión por sobrepasar, me vino de golpe el mayor de los terrores.
Esas luces no eran las farolas de mi conocida rotonda, sino las de un camión que se aproximaba a paso firme frente a mí.
Por instinto, pisé el acelerador a fondo y, en cuanto conseguí adelantar al camión, giré bruscamente a la derecha para volver a mi carril, tan solo segundo y medio antes de que el camión que salía de la nube en dirección contraria me regañase dándome las largas y siguiese su camino.
Ya en mi carril, sabiéndome a salvo, analicé la situación más detenidamente y, enfadándome conmigo misma, supe que acababa de ocurrir un milagro.
Me había dejado llevar por la adrelina de una prisa que en realidad no tenía.
Primero, porque siempre salgo con mucho tiempo para poder pasar un cuarto de hora con mi peque jugando en el coche, antes de dejarlo en la guardería. Segundo, porque, aunque llegásemos tarde de verdad, no hubiese pasado nada de nada.
Cuánto me regañé a lo largo de toda la mañana. ¡Cómo se me ocurrió adelantar con niebla cerrada!
Pero en ‘Reality Transurfing’, Vadim Zeland, su autor, dice que no hay que darle más importancia de la que tienen las cosas. Y una vez escuché decir a Sadhguru, un yogui muy sabio, que la ‘casi muerte’ no existe.
Según dice, o te mueres o no te mueres, luego pensar en casi morirse no tiene sentido porque si no has muerto, sigues vivo. ¿Para qué darle importancia pues?
Además, hace poco conseguí entender la parsimonia con la que mi bendito padre me hablaba de la muerte durante una etapa de unos tres años en que, acongojada yo por la importancia que le daba a mis preocupaciones, vivía a diario entre ataques de ansiedad y pánico.
Hoy sé y tengo fe en que el día que mi cuerpo deje de funcionar seguiré viva.
Así que supongo que si aquél camionero que surgió de la nube no hubiese frenado para ayudarme a adelantar (porque doy por sentado que lo hizo y me siento enormemente agradecida hacia él), tampoco hubiese pasado nada. Pero doy gracias a Dios de que mi marido y mi familia no tengan que pasar por ese mal trago, que tampoco es necesario.
¡Qué suerte despertar cada día en esta vida que me ha tocado vivir! ¡Qué divertida y qué bonita es!
En fin, lección aprendida. No se adelanta con niebla y lo primero que tengo que hacer después de sentar a mi peque en el asiento trasero del coche es ponerme mi audiolibro y disfrutar tranquilamente de mi ratito de paz.
Sin más, un abrazo enorme y ¡que disfrutes de la semana!
Noe.
P.d.: Quería contarte muchas más cosas en esta carta pero no quiero aburrirte y el tiempo apremia.
P.d.: Si te has perdido mis anteriores Cartas puedes encontrarlas aquí.

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